América
Latina, Asía y África, son continentes que en la historia de sus primeras
civilizaciones se habla de riqueza, si bien es cierto que entre ellos existían
una rivalidad, no se compara con lo que la sombra de Europa dejo en esos
continentes, Alfonso Klauer en su texto ¿Leyes de la historia? Comienza con un
apartado que le pone énfasis a lo que queremos llegar.
“Cuatro quintas partes de la
humanidad viven sumidas en la pobreza. Son los hombres del Sur. Cinco mil
millones de los seres humanos que habitan hoy el planeta, están condenados a
nacer, vivir y morir en la escasez y en la precariedad, cuando no en la
hambruna, la enfermedad, en medio de cruentas e inexplicables guerras, y en la
miseria más desgarradora.”
La
pregunta que surge de todo ello es ¿quién provoca la pobreza?, pues es fácil de
saber que a lo que los Europeo le llaman desarrollo no es solo una forma de
explotar a otras personas en pro de un beneficio especial de una o un grupo de
personas, es por eso la necesidad de reconocer un poco de historia y voltear
sobre el pasado como lo vuelve a recordad Alfonso Klauer.
“Así
como el martillo es un instrumento insuficiente para construir una mesa; el
simple recuento cronológico de los acontecimientos de la historia y menos pues
el recuento simple de la versión oficial de los hechos; y la ausencia en la
disciplina de las técnicas e instrumentos indispensables para una adecuada
contrastación y verificación de muchos de los datos de la historia (que
pertenecen a disciplinas a las que no se ha apelado, o muy tardíamente), se
constituyen en recursos insuficientes para construir una versión científica de
la Historia.
Asimismo,
si apreciar el tamaño de los parlantes de radio en un automóvil no representa
destacar los aspectos más relevantes del vehículo; destacar lo anecdótico, lo
circunstancial y lo insignificante de los hechos históricos, y concurrentemente
desechar a priori y hasta despreciar valiosos datos, resultan criterios muy
pobres para acceder a la construcción de una versión científica de la historia.”
Todo
estos comienzos siempre han tenido una temporalidad y es necesario recordar un
poco a Mike Davis en los orígenes del tercer mundo, hace una Histografía del
mundo de África y América precisamente en los años 1870 a 1914, cuando la
humanidad se venía por un desplome económico, pero sobre todo un problema de
tipo “natural” con la enfermedades, las pestes, las inundaciones y todo
problema climático en el mundo.
“Como podían darse cuenta los
lectores contemporáneos de Nature y otras revistas científicas, [la gran sequía
de los años 1876 a 1879 constituyó] un desastre de proporciones verdaderamente
planetarias puesto que se registrar con casos de sequía y de hambre en Java, en
Filipinas, en Nueva Caledonia, en Corea, en Brasil, en África austral y en
África del norte. Hasta entonces nadie había sospechado que una importante
perturbación climática pudiera producirse de manera sincronizada en toda la
extensión de la zona tropical de los monzones, tanto en la China del norte como
en el Magreb.”
Para ello tenemos que comprender que
todo este proceso de colonización no puedo ir sin los avances tecnológicos que
los países de Europa adoptaron, uno de ellos es que tenían que buscar una forma
más rápida para poder matar a las personas, no solo matar sino buscar la
movilidad de una manera rápida, para poder llegar de un lado a otro.
Como lo explica Alfonso Klauer: “Aunque
no es la única, la guerra es quizá la más importante entre las diversas razones
que dan cuenta de la relación de dominación que, durante mucho tiempo o
episódicamente, ejerce un pueblo, el vencedor, sobre otro, el vencido. Y,
aunque tampoco es el único, la guerra ha sido siempre el más importante
instrumento de hegemonía. Por lo demás, sin excepción, siempre a través del
recurso de la guerra, todos los imperios se han construido extrayendo grandes
riquezas a los pueblos sojuzgados, que ésa, y no otra, ha sido siempre la razón
de las conquistas.
El
hombre –dice Jean Baechler [1]–,
“es impulsado por pasiones irresistibles”: “ambición, codicia, avaricia,
vanidad, orgullo, envidia”. Y puede pensarse que, además de premunidos de esas
pasiones, debe haber correspondido el rol de catalizadores de las guerras a los
que el propio Baechler denomina hombres de “talante pendenciero” [2].
Los
líderes con “talante pendenciero” –llámense faraones, sátrapas, césares,
emperadores, reyes anglicanos o reinas católicas, emires o sultanes, führers, o
lo que fuera, pero también emperadores inkas y presidentes de repúblicas–,
lanzaron así a sus pueblos a la conquista de sus vecinos. Ya sea para
arrebatarles una riqueza puntual o una parte del territorio, o para someterlos
íntegramente y hacerlos formar parte de su imperio. Pero, claro está, muchas
guerras han sido desatadas para recuperar riquezas o territorios antes
perdidos; para “sancionar” en represalia; para liberar territorios ocupados de
pueblos aliados; o guerras de liberación contra algún tipo de opresor, externo
o interno.
Para
todos los casos, sin embargo, Clausewitz hizo famosa su afirmación de que la
guerra es “una forma de hacer política
por otros medios”. Pero, por sorprendente que pueda resultar, esa tan celebrada
definición no pasa de ser una tautología, porque equivale a decir “la guerra es
una forma de hacer política por medios violentos”.
Pero
para la comprensión de los hechos de la historia, esa definición, además de
inútil, acarrea otros problemas. En efecto, ¿qué se entiende en ella por
“política”? Asumamos que supone –como lo dice un diccionario [3]–:
“arte, doctrina y opinión referente al gobierno de los Estados”, o, en buen
romance, “el manejo de la cosa pública interna”. Así, si reemplazamos en la
definición de Clausewitz “política” por la prosaica definición de “política”
que se acaba de dar, paradójicamente resulta que la guerra entre dos Estados es
“una forma violenta de ventilar en el extranjero los asuntos internos”. Ni una
ni otra resultan pues definiciones útiles y consistentes.
Baechler,
por su parte, en una definición que no pasa de ser un buen deseo, define la
“política” como “el orden cuya misión es asegurar
la paz para la justicia...” [4].
En este caso, haciendo la sustitución correspondiente, resulta que,
patéticamente, la guerra “es una forma violenta de asegurar la paz para la
justicia”. Hagamos sin embargo una última sustitución, pero esta vez con la
definición que diera el Papa Juan XXIII sobre “política”: “la forma más alta de
ejercer la caridad” [5].
En este caso, pues, resulta una no menos patética definición de guerra, que
debería entenderse entonces como “una forma violenta de ejercer la caridad”.”
Pese a
todo esto ahora surge una nueva conspiración y sobre todo me refiero al
continente Africano, la verdadera riqueza eran todos los hombres que podían
trabajar en las fábricas del hombre “blanco”, pero lo que realmente sucede es
que Europa tiene manchada sus manos de tantas personas, las grandes aventura
que se mencionan en el recorrido que tuvieron
al África, no es más que solo hechos de masacres y matanzas, hechos que hoy
quieren dejar en el olvido, la gran pobreza, las grandes desigualdades, la
forma hasta de matar son herencias de ellos mismos.
Como lo
menciona el artículo Geografía y protagonistas de un mito mercenarios y aventureros
blancos en África central: “la fuerza visionaria de la novela
de Conrad se hizo evidente en los años 60 del siglo XX, cuando durante los
procesos de descolonización aparecieron de nuevo cruentas narraciones de las
actividades de los mercenarios blancos en el Congo, descritos por un autor como
“genios diabólicos sacados de una anacrónica y desagradable botella medieval.””
“Es
evidente que los mercenarios blancos de los años 60 en el Congo sufrieron el
mismo proceso de barbarización y embrutecimiento que sus predecesores a quienes
Conrad había descrito. Pero buscar a Kurtz entre ellos es una tarea vana. Sus
autobiografías están llenas de fanfarronadas, excusas vanidadosas y humor
primitivo. Especialmente destacable aquí es Siegfried Müller, antiguo “Oberleutnant”
de la Wehrmacht alemana. Al llegar tarde para incorporarse a la lucha por
Katanga, se había establecido en Sudáfrica como manager de un hotel. Allí
esperaba posibles misiones y cuidaba los contactos con algunos compatriotas
correligionarios más jovenes. Cuando finalmente fueron requeridos nuevos
mercenarios se dijeron a sí mismos: “haremos una caza de cazadores -una- una
caza de negros o algo así -haremos una quijotada - ningún peligro, todo okay”,
como contaba el mismo Müller en una entrevista. Pero el veterano del frente
ruso Müller no ofreció servicios suficientemente convincentes, por lo que fue
rápidamente relevado del mando. A pesar de ello alcanzó cierta fama bajo el
apodo de “Congo-Müller”, fama que se debía sobre todo a las imaginaciones de
algunos perodistas que suponían detrás de cada mercenario a un ex-nazi. Para
ellos, Congo Müller, que lucía con ostentación su Cruz de Hierro, era la
encarnación perfecta de este prototipo. Entre sus compañeros en el Congo, sin
embargo, era más que nada motivo de burla: contaban que incluso por las noches
se prendía la Cruz de Hierro en el pijama. Pero la popularidad de Müller no es
debida a sus hazañas en África sino a una entrevista realizada por la
televisión de la ex-RDA: creyendo que se encontraba ante periodistas
occidentales comprensivos, contaba borracho y entre risas, sus masacres en el
Congo, y se declaraba dispuesto a ofrecer su “know-how” al servicio de la
liberación de la RDA o incluso a formar parte de una “Legión Vietnam”. Esta
entrevista, bajo el título “El hombre sonriente - confesiones de un asesino”,
fué televisada en 1966 y en Alemania del oeste fué considerada una mera
operación de propaganda hasta que la difusión de nuevas noticias sobre el papel
de los mercenarios en el Congo aclaró su veracidad.”
Ahora
pensar que somos los subdesarrollados, los incapaces, es una falta de
conciencia de parte del opresor el conspirador y sobre todo del saqueador, y
que ahora nos traen apoyo para ayudar a los “salvajes” es un etimología a la
cual ellos deben ser llamados y no nosotros.
QUETZALTENANGO 13 DE FEBRERO DE 2014
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